bajan la inflación, las ventas y las chances de una suba de tasas de la Fed y el rally suma récords

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No habrá acuerdo con Irán en “un día o dos”, como prometía el presidente Trump y la Bolsa compró. Es al revés. Hoy vence el alto el fuego y no se descartan nuevos escarceos bélicos, más como fruto de la impotencia que de la convicción. Ormuz permanece bloqueado. La guerra que en marzo iba a ser corta continúa. Pero el rally de las acciones, también. No le demandó un gran esfuerzo encontrar otros argumentos para impulsarse.
La temporada de balances toca a su fin. Más del noventa por ciento de las empresas del S&P 500 presentaron ya sus cifras. Y la cosecha fue extraordinaria: las utilidades por acción crecieron más de 50% interanual. Si se hacen a un lado los números de Alphabet y Amazon (exacerbados por las ganancias de capital de sus inversiones en Anthropic y otras firmas de IA), el salto de la rentabilidad se arrima a 30%. Y no es el mero producto de una severa reducción de costos. Los ingresos crecieron 15% interanual. Y el “guidance” de las empresas es contundente. El horizonte de los negocios se preanuncia muy robusto. Más allá de la incertidumbre geopolítica persistente, las compañías no avizoran obstáculos que amenacen la marcha sólida del ciclo. Nadie se rasga las vestiduras por una crisis de energía en ciernes.
Las tasas de interés detuvieron su alza. Es una tregua informal que dominó la agenda de las dos últimas semanas. Y que fue muy oportuna para evitar un mal trago en la colocación de deuda de largo plazo del Tesoro. La estabilidad del precio del crudo facilitó que el fastidio creciente de los bond vigilantes hallase un remanso de paz. La última reunión de la Fed consagró la inacción de la política monetaria. Y les transfirió así la responsabilidad de lidiar, sin su auxilio, con cualquier desliz inflacionario. Por eso mismo, la promesa de Trump y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, de apurar un acuerdo rápido con Irán proveyó un bálsamo efectivo, aunque no tuviera sustento.
Se sabía que no existía ninguna negociación directa, pero era conveniente creer que Trump y Bessent aceptarían el arreglo que tejiesen Irán y Omán con tal de salir del brete. Wall Street, bajo ese paraguas, la semana pasada, estableció una sucesión de récords. Pero Ormuz no se soluciona. Trump y Bessent retiraron la promesa que tanto repetían. No hay ningún acuerdo inminente. Ni su equivalente menos elegante, una pronta retirada de las fuerzas de los EEUU. El bloqueo naval se hará más intenso. Bessent vaticina ahora medidas económicas “nunca vistas” para aislar y someter a Irán. Ormuz no se soluciona, pero tampoco los libera. Washington es rehén del estrecho. La curva de bonos, por fortuna, no. Soltó amarras y evitó, de momento, ser arrastrada. No obstante, el precio del crudo dirá la última palabra.
El humor de los bonos es la espada de Damocles que pende sobre la Bolsa. Ya se dijo, la curva del Tesoro se relajó con el canto de sirena de la Casa Blanca, preocupada por la inestabilidad financiera luego de intervenir para sostener al yen. Bessent necesitaba apuntalar su paridad cambiaria sin que Japón vendiera Treasuries de su cartera y agitase más las tasas largas. Una mala noticia, la destrucción de 23 mil puestos de trabajo netos en julio, confluyó en su ayuda. Pero el problema de fondo subsiste. La curva se desplazó tres cuartos de punto hacia arriba desde que comenzó la guerra hasta fines de julio. La inflación en mayo superó 4%. La Fed de Kevin Warsh no se da por aludida. Cuando mandaba Jerome Powell, el año pasado, rebajó fed funds en tres ocasiones. En la actualidad, podría comenzar a rebobinar. Sin embargo, Warsh bloqueó la iniciativa que promovieron los tres disidentes del comité de mercado abierto (Logan, Hammack y Kashkari).
Dosis de tranquilizantes para Wall Street, que acumula récords
Para que haya paz y no una súbita convulsión es imperioso, entonces, que baje el estado febril de los mercados de renta fija. Por eso mismo, menos es más. En ese sentido, la data reciente proveyó una dosis generosa de tranquilizantes. Tras la caída de la inflación de junio (-0,4%), la lectura de julio fue modesta (+0,1%). Los precios minoristas subieron 3,4% interanual (por debajo del pico de 4,2% de mayo). Excluidos alimentos y energía, la inflación núcleo se ubicó en 2,5%. En paralelo, las ventas minoristas, que se informan en valores nominales, se hundieron 0,6% en julio, por primera vez en rojo desde octubre. Su medición núcleo, que se esperaba que creciera 0,3%, reculó 0,4%. El fin de la devolución de impuestos parecería haber incidido más de lo normal, pero también cayó la confianza del consumidor (especialmente entre los votantes republicanos), según la compilación de julio de la Universidad de Michigan.
Los bond vigilantes se sosegaron. Que se mantenga el precio de la energía, que el empleo crezca a razón de 20 mil puestos netos mensuales (y no a más de 100 mil como se estimaba antes de las últimas revisiones), y que se insinúe una moderación del consumo ofician de dique de contención. Los futuros de Chicago pasaron de anticipar una suba de un cuarto de punto de la tasa de fed funds como escenario favorito en la reunión de septiembre a asignarle menos de un tercio de probabilidades. Y, a pesar de que Beth Hammack, de la Fed de Cleveland, insiste en un aumento y ahora señala que difícilmente alcance con un único retoque, la tensión sobre Warsh será menor ahora que la curva no lo desafía. Austan Goolsbee, de la Fed de Chicago, reconoció que la inflación de los últimos dos meses es un “poco mejor”. “Ojalá que continúe”, dijo.
La curva se calmó. Wall Street suma récords. No solamente el S&P500, también el Russell 2000 que agrupa a las pequeñas compañías. Y Warsh enfrentará una audiencia mejor predispuesta a fin de mes cuando hable en Jackson Hole. La inflación, el empleo, las ventas minoristas, todos amainaron y la situación es menos comprometida. Pero las tasas bajaron muy poco. En rigor, lo que hicieron estas dos semanas fue dejar de trepar. Y el viernes, cuando volvió el run run de hostilidades en el Golfo, y repuntó el precio del crudo Brent, la curva reaccionó al alza con presteza. Demostró que está lista para retomar el ascenso si no se sostiene el cambio de las tendencias de fondo.
La colocación de deuda del Tesoro marcó los límites con claridad. Su timing fue oportunísimo, precedida por las buenas noticias de la inflación. No hubo problemas con las subastas. Pero los bonos a 10 años se distribuyeron a la tasa más elevada desde 2007. Y los de 30 años, a un techo de rendimientos – 5,216% – que no se registraba desde un cuarto de siglo atrás. Las cifras del déficit de las cuentas públicas, difundidas inmediatamente después, fueron más abultadas que lo previsto. 432 mil millones de dólares, solo en julio, su nivel mensual más alto desde marzo de 2021. En los diez meses que transcurrieron ya del ejercicio, el rojo se arrima a 1,8 billones de dólares. Así las cosas, el Tesoro deberá financiar alrededor de 2 billones en el año fiscal que concluye en septiembre. Y ahora tiene
la competencia creciente del gasto de inversión de la inteligencia artificial amén de las necesidades de los otros fiscos. Y los bancos del mundo han dejado de comprar deuda soberana de largo plazo.
La comidilla entre los expertos es qué inventará Bessent para navegar las próximas colocaciones sin sobresaltos. Ya sesgó las emisiones hacia las letras del Tesoro (instrumentos a descuento con plazos no superiores a un año que no pagan intereses explícitos). De ahí, la presión sobre Warsh para que no toque fed funds y no encarezca la renovación. Pero todo tiene un costo: la parte larga de la curva, debido a la desidia del banco central, tendió a empinarse. Y con la tasa de 30 años instalada por encima de 5%, y la de diez apuntando a acompañarla, el remedio puede ser tan corrosivo como la enfermedad. El Tesoro ya mencionó posibles cambios. Presumiblemente, atacará con mayor énfasis el tramo de 2 a 5 o 7 años. A esta altura, es obvio que urge una poda del déficit fiscal, que no baja de 6% del PBI aunque la economía transite en plena expansión. Pero Bessent, tan creativo como audaz, no la tiene en sus planes. En ningún otro ítem de la agenda de política económica, menos sería verdaderamente más.
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