Kelly Olmos evocó el himno peronista y denunció que la reforma laboral corre al trabajador del centro

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Cuando Kelly Olmos recordó en el recinto el himno aprendido en su juventud, no apeló a la nostalgia sino a una definición política del presente. “Oligarca caballero, prototipo del negrero, que explotaste al obrero sin tenerle compasión”. En esa frase está condensada una mirada sobre el poder y sobre el trabajo.
El himno no denuncia solo explotación económica. Denuncia indiferencia moral. La palabra “compasión” es central porque introduce una dimensión ética en la relación entre capital y trabajo. No se trata únicamente de salarios o contratos, sino del reconocimiento de la fragilidad del obrero frente a quien detenta el poder económico.
En el debate por la reforma laboral, esa dimensión parece desplazada. El eje público está puesto en la competitividad, la reducción de costos y la flexibilización de vínculos. Desde la lectura que propone Olmos, allí aparece el paralelismo: cuando el trabajador deja de ser el sujeto protegido y pasa a ser una variable de ajuste, la lógica que el himno denunciaba reaparece bajo formas modernas.
“Ha sonado la campana anunciando un nuevo día para el pueblo que veía en Perón su salvación”, continúa la canción. La referencia a Juan Domingo Perón remite al momento en que los derechos laborales se convirtieron en política de Estado. Aquel “nuevo día” significó institucionalizar la protección del trabajo como principio rector.
La reforma actual también se presenta como el inicio de una nueva etapa. Pero el contraste es fuerte. Mientras el himno celebraba la ampliación de derechos, el nuevo marco normativo propone redefinirlos en nombre de la eficiencia. La pregunta que subyace es para quién suena hoy esa campana.
Cuando el canto habla del “oligarca caballero”, no apunta a una persona, sino a una estructura que naturaliza la desigualdad. En ese espejo, la reforma laboral es leída como una norma que reduce el rol protector del Estado y prioriza la lógica de mercado. El trabajador ya no aparece en el centro de la arquitectura legal.
El paralelismo que traza Olmos es claro: así como en tiempos de proscripción el conflicto era entre un pueblo trabajador y una élite sin compasión, hoy la discusión vuelve a enfrentar dos concepciones de país. Una que entiende el trabajo como derecho social y otra que lo concibe principalmente como costo económico.
Por eso la cita no fue decorativa. Fue una forma de decir que la esencia de la ley importa tanto como sus artículos. Si la compasión desaparece del espíritu normativo, el riesgo —según esta mirada— es que el obrero quede nuevamente subordinado a una ecuación donde la dignidad no es prioridad.
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